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Comer con atención para vivir con más conciencia

22 Abr

Hola a todos!!

Hace unas semanas empecé a notar que necesitaba hacer algunos cambios en mi vida. Sobre todo, en mi vida interior. Me di cuenta de que estaba un poco “descentrada”, desviada de mis objetivos, olvidándome de disfrutar el día a día… Estaba dejándome llevar por el ajetreo diario, y eso provocaba que hiciera casi todo de mala gana. Las dos semanas que pasé en España de vacaciones me ayudaron a descansar y a reflexionar. Aunque las crisis resultan incómodas mientras duran, son lo que nos hace movernos, cambiar y tomar cartas en el asunto en lugar de observar pasivamente adónde nos lleva la vida (aunque, realmente, la vida no nos lleva a ningún sitio: siempre somos nosotros mismos los que lo hacemos, aunque sea más cómodo pensar lo contrario).

Pues bien, en España pensé qué pasos debía seguir para volver a mi centro y crecer un poco más como persona. Evoqué el último verano, en el que sentí más que nunca que estaba en armonía conmigo misma, e intenté recordar qué es lo que hacía para estar así. La primera respuesta vino rápido a mi mente: durante todo ese verano -quizá el 90% de los días- medité. No mucho, apenas 20 minutos diarios, pero mi cuerpo y mi mente lo agradecieron. Solía hacerlo nada más despertarme, antes de desayunar e irme a hacer deporte. Poco a poco fui notando los beneficios: mayor concentración, mayor bienestar emocional, mayor aceptación de mí misma… Al venir a Lisboa abandoné esa sana costumbre, por despiste durante las primeras semanas y por pereza después. Así que ahí tengo el primer hábito que voy a recuperar: la meditación.

La segunda cosa que hice el último verano fue algo que aprendí en un curso de desarrollo personal: el mapa del tesoro. Aunque a primera vista puede parecer algo muy simple e incluso infantil, doy fe de que funciona casi mágicamente. La cosa consiste en, primero, hacer una lista de objetivos o de metas que te gustaría alcanzar. No importa cuántas sean: mientras quepan en la cartulina, estará bien. Después hay que resumir esas metas en frases en positivo y en presente: por ejemplo, si en la lista has escrito “no quiero suspender los exámenes en junio”, en el mapa escribirás “apruebo los exámenes en junio”. Ahora hay que ir a la caza de imágenes o fotografías (pueden sacarse de Internet) que representen lo mejor posible aquello que quieres conseguir. Entonces tendrás que hacerte con una cartulina grande de un color que te guste y comenzar con el collage: yo utilicé rotuladores de muchos colores para escribir las frases, cada una en un tamaño y dispuesta de una forma (en círculo, en zig-zag, etc). Luego pegué cada foto al lado de su frase correspondiente, y finalmente dibujé un cho-ku-rei (uno de los símbolos del Rei-ki). La cartulina la colgué en una de las paredes de mi habitación, la que está al lado de mi cama y la primera que veo al despertarme. Así, muchas veces que estaba en mi habitación descansando sin dormir, miraba inconscientemente mi mapa del tesoro (que me quedó muy bonito, por cierto; supongo que eso también atraía mi mirada! :p). Se supone que en el mapa concentramos toda nuestra energía y, al verlo cada día, nos recordamos inconscientemente aquello que queremos, y nuestro cuerpo y nuestra mente se alinean para conseguirlo. Yo os puedo decir que mis objetivos a corto plazo se han cumplido (hacerme vegana, aprender nuevas recetas, hacer nuevos amigos, encontrar un piso bonito en Lisboa, aceptarme físicamente…), y los que tenía a medio plazo van bien encaminados (tener un año fantástico en Lisboa, ser más cariñosa, disfrutar del momento…). Como me quedan sólo dos meses en Portugal, aquí no haré un mapa del tesoro, pero sí voy a empezar a colgarme en mi habitación post-its con frases como las del mapa, para no salirme del camino. Cuando llegue a España haré un nuevo mapa, porque como os he dicho el que tengo ahora ya empieza a estar un poco desactualizado! :p

Y como cualquier camino hacia la atención y la consciencia es bueno, he decidido llevar mi práctica al terreno de la alimentación. Ya comenté en otra entrada que cada vez era más consciente de lo que mi cuerpo me pedía en lo que al comer se refiere. Pues bien, ahora voy a poner todas mis fuerzas en desarrollar esa “comunicación” con mi cuerpo todo lo que pueda. Esa decisión es sólo una de todas las que conforman este plan que empiezo hoy. Aquí van las demás:

  1. Prestar más atención cuando cocino. “Mimar” los alimentos, poner todas mis energías en su preparación.
  2. Agradecer (interiormente o en voz alta), cada vez que vaya a comenzar una comida, el poder alimentarme bien y sin carencias.
  3. Masticar, al menos, 20 veces cada bocado.
  4. Comer sin ninguna distracción externa (ni televisión –que no tengo-, ni ordenador… sólo exceptuando la compañía de otras personas) para concentrarme al máximo en los sabores, las sensaciones, las texturas y en cómo me hace sentirme lo que me estoy comiendo.
  5. Evitar cualquier estimulante (café, té, alcohol).

Voy a ponerme a prueba durante un mes (empezando mañana), durante el cual iré apuntando en una libretita los cambios que siento en cuanto a cuerpo y en cuanto a conciencia. Al final del mes escribiré en el blog sobre la experiencia :)

¿Qué os parece? ¿Alguien se anima a unirse? Seguro que es enriquecedor, descubriremos cosas de nosotros mismos y de nuestra relación con la comida, y salimos más conscientes y con nuevos y saludables hábitos. Animaos! :D

Hasta pronto!

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Potaje de seitán y garbanzos… y algunas reflexiones

29 Mar

Como cuento en esta sección del blog, adopté una dieta vegetariana porque fui descubriendo poco a poco lo que hay detrás de la industria de la carne. Las razones que me llevaron a hacerme vegetariana y más tarde vegana fueron, pues, éticas y motivadas por el rechazo al maltrato a cualquier animal. El aceptar que todos los animales tenemos el derecho a vivir nuestra propia vida sin que nadie nos la arrebate sigue siendo hoy uno de los pilares de mi modo de vida vegano.

Desde que me hice vegana hace poco más de dos meses, he añadido otro motivo muy importante por el que quiero seguir una dieta vegana. Esa razón es la salud. Me he ido informando sobre las repercusiones que el consumo de productos de origen animal tiene en nuestro organismo (en la sección Documentación podéis encontrar links sobre esos temas). Sigo blogs sobre nutrición (veganos y no veganos), leo todo lo que puedo sobre temas de alimentación… y, sobre todo, estoy aprendiendo a escuchar a mi cuerpo.

Es increíble lo poco educados que estamos para escuchar lo que nuestro cuerpo nos dice, para entender sus necesidades. En las escuelas nadie nos enseñó los fundamentos de una dieta equilibrada o el origen de los alimentos que consumimos. La cafetería de mi instituto, de hecho, era el lugar más anti-alimentación que os podáis imaginar: los bocadillos estrella eran los de bacon, lomo y patatas fritas; el mostrador rebosaba donuts y bollería industrial; había un estante con los más variados gusanitos y chucherías… Para mí un buen centro educativo es el que educa en todos los sentidos, no sólo el que enseña matemáticas y lengua: en sus cafeterías y comedores también se puede promover una “cultura de lo sano”.

Por suerte, crecí en una familia en la que la bollería industrial nunca entraba en el carro de la compra y en la que la coca-cola era sólo cosa del aperitivo del domingo. El haber tenido siempre una dieta equilibrada y sana me ha ayudado a reconocer cuándo unos hábitos alimentarios son adecuados y cuándo no. Siempre me he sorprendido al conocer familias que al comer beben refrescos con gas en vez de agua y que sustituyen la fruta del postre por unas natillas industriales. Cuando era pequeña observaba todo esto con cierta envidia, porque en mi casa no se podía hacer; sin embargo, ahora que soy adulta veo como algo positivo la educación alimentaria que me han dado y la agradezco.

Normalmente las personas ingerimos los alimentos sin agradecer el que tengamos acceso a ellos, sin pensar en sus propiedades nutricionales y sin observar qué efectos causan en nuestro organismo durante la digestión y tras ella. Ahora soy mucho más consciente de cómo afecta cada alimento a mi cuerpo, consumo frutas, verduras y legumbres de la forma más variada posible e incluyo ingredientes nuevos siempre que puedo. Ahora sé lo que es un desayuno sano y completo y soy consciente de que ayuda a mi cuerpo a estar mejor durante el día; también reconozco cuándo mi estómago me pide una cena frugal o una pieza de fruta entre horas, y se lo concedo. Ya no sigo una dieta sana sólo porque lo recomienden los médicos, sino porque mi cuerpo me lo pide: ésa es la gran diferencia. Como me dijo una amiga mía, la vida sana vicia. Tiene toda la razón: si empiezas a atender a las señales que te envía tu cuerpo, comenzarás naturalmente a alimentarte de forma más sana y equilibrada. Si sales a hacer ejercicio con el objetivo de mantenerte sano y ágil (y no con la meta principal de perder peso o sentirte mejor con un físico que rechazas), verás como pronto el ejercicio deja de convertirse en una obligación para ser algo que necesitas hacer porque tu cuerpo rebosa de energía que tienes que soltar por alguna parte.

Al hacerme vegetariana y, sobre todo, al hacerme vegana, me vi “obligada” a buscar artículos, foros y blogs en los que me explicaran cómo llevar una dieta equilibrada basada totalmente en vegetales. Ese acercamiento a la ciencia de la nutrición me ha hecho descubrir un mundo absolutamente nuevo y apasionante, tanto que el año que viene voy a matricularme en la carrera de Nutrición y Dietética (siempre que todo vaya según lo esperado y la nota de mi selectividad del año 2008 pueda competir con las notas sobre 14 puntos que ponen ahora). Así acabaré Periodismo mientras empiezo un nuevo grado de algo que me apasiona y que mueve gran parte de mi mundo. Estoy súper ilusionada!

Y después de todo este monólogo que hoy me apetecía soltar, vamos con una receta de frío que me apetecía cocinar para despedir al invierno (aunque de Lisboa se fue hace ya varios meses… aquí ya podemos ir en manga corta!).

Ingredientes para 2 personas

  • 100g de garbanzos
  • 200g de seitán
  • 400g de espinacas
  • 150g de tomate crudo (con su líquido a ser posible)
  • 3 dientes de ajo
  • Caldo de verduras
  • Pimienta
  • Comino
  • 1/2 cucharadita de pimentón de la Vera
  • Sal y aceite

Elaboración

La noche anterior a la preparación, poner a remojo los garbanzos. Cuando empecemos a cocinar, ponerlos a cocerse siguiendo las instrucciones del paquete.

En una sartén grande, freír los dientes de ajo cortados a láminas con un chorro de aceite y un poco de sal. Ir lavando las espinacas y cortando sus hojas en tiras medianas (puede hacerse con unas tijeras de cocina). Añadirlas a la sartén, remover y esperar a que mengüen manteniendo el fuego a media potencia.

Cortar el seitán en cubos pequeños. Incorporarlo a la sartén y mantener el fuego a medio durante unos 5 minutos más. Incorporar pimienta y comino al gusto.

Añadir el tomate crudo (su líquido todavía no) y remover para que se deshaga y se junte con los demás ingredientes. Echar la 1/2 cucharadita de pimentón de la Vera. Para que se sofría el tomate, mantenerlo a fuego medio durante unos 5 minutos.

Añadir el líquido del tomate crudo y bajar a fuego lento. Así se irá espesando un caldito muy sabroso.

Escurrir los garbanzos ya cocidos e incorporarlos a la sartén. Remover para que se esparzan. Añadir dos cazos de caldo de verduras y subir a fuego medio. Mantener de 3 a 4 minutos, y listo.

El toque: el caldo del tomate crudo. Impregna todos los alimentos de un saborcillo a tomate para chuparse los dedos.

Corred y preparad esta receta antes de que el calor nos obligue a cambiar al gazpacho! ;)